Pelea de gatas

Otra vez los medios de este país sacan sus trapitos al sol y se pelean como dos niños por el último pedazo de ponqué, o por la chiva del mes -que viene a ser lo mismo. Radio Casa de Nariño TV y el tribuno de Uribe se acusan mutuamente como lo harían dos infantes:

-¡Faranduleros!, dice en diario en su editorial de hoy.
-¡Rosqueros!, responde el voraz señor García, director de noticias del susodicho canal, en una entrevista hecha por su hermana en el dial.
-¡Mediocres!, contraataca uno de los Santos patrones del “periodismo” colombiano, en una entrevista que el anciano Gossaín le otorga en un gesto de ¿falsa? generosidad.
-¡Ardidos!, le responde Vicky Dávila, una discípula de García y de Gossaín en un acto de ¿obligatoria? lealtad.

Llamemos las cosas por su nombre. En primer lugar me pareció que la entrevista no era un trabajo periodístico. Es obvio que estuvo sometida a la tijera censora de la señora Vallejo. Había ediciones evidentes, y como eso fue un monólogo donde la “entrevistada” pudo haber dicho lo que se le dio la gana no había mecanismos para que el señor García la contraatacara y le impidiera contradecirse o, como fue mi impresión, hacer un largo descargo ante la fantasmal opinión pública nacional teniendo como pretexto la “necesidad de conciencia” de decir algo que al fin y al cabo todos sabíamos que iba a decir. Esto hace que el programa en primer lugar tenga valor como testimonio mas no como reportaje, como “versión de los hechos” sin más, como un trazo más que esperamos ayude a delinear la oscura historia ochentera de Colombia. Eso sí, queda en la conciencia de la señora viuda de la Mafia si sus palabras son verdaderas o falsas; y en la del señor García queda si está bien editada o no -es decir, si lo que le interesaba era la calidad de la información o el rating.

Dado este contexto, revisemos el meollo de la acusación de El Tiempo:
“Las supuestas ‘revelaciones’ de la Vallejo no eran, ni mucho menos, un programa periodístico. Durante más de una hora acusó, sentenció, incriminó, denunció y descalificó a no pocos personajes nacionales sin que nadie la interrumpiera, sin que se la contrapreguntara, sin que alguna voz la invitara a precisar cargos, sin que los acusados tuvieran ocasión de defensa, sin que analista alguno señalara las múltiples contradicciones e incoherencias en que incurrió y, sobre todo, sin aportar soportes a su testimonio: ni documentos, ni grabaciones, ni inferencias comprobables por otras vías. El periodismo serio y responsable brilló por su ausencia.”

Eso es y no es cierto. RCN de cierta manera sí ha intentado “analizar” el testimonio -sin dejar de buscar posiciones intermedias que al fin y al cabo limitan el debate-. Uno diría que traer a Ma. Jimena Duzán -que a mi juicio es una de l@s dos o tres columnistas interesantes que hay en este país- es un acto de gallardía periodística, pero la doña se puso a decir que Vallejo era una loca con delirios de grandeza y que por eso el testimonio no era creíble. Todos los demás han dicho “le creemos o no le creemos por tal o cual razón”, pero no sabemos en principio si el testimonio es susceptible o no de juicio, pues no sabemos al fín qué fue lo que se dijo ni -lo más importante- lo que se dejó de decir. En ese sentido El Tiempo tiene razón en decir que no fue un trabajo periodístico, y como tal no ofrecía garantías.

Sin embargo, El Tiempo podría perfectamente señalar las supuestas incorrecciones que denuncia, suponiendo que su editorialista sea responsable y no esté poniendo una cortina de humo infundando acusaciones y desacreditando el trabajo de RCN, que si bien no fue muy bueno en términos periodísticos si demostró una pericia envidiable para cualquier colega periodista -yo diría hambre de rating, pero qué hacemos. Es innegable que les dolió la chiva, y creo que es por eso que el diario concluye lo siguiente:
“La farándula no es fuero adecuado para ventilar este caso. Grave sería que los medios de comunicación acabaran comprometidos en denuncias disparatadas que corresponde atender a la justicia. Por eso invitamos a un ejercicio de prudencia y transparencia que permita saber, por ejemplo, cuánto pagó RCN a la testigo y qué empresas tienen interés en esta dañina operación que no parece obedecer a una tardía inspiración ética sino a un oportunista propósito comercial.”

Ahí hay cuatro juicios discutibles y que debían ser argumentados:
1) Se acusa a RCN de hacer “farándula”. Ni siquiera definen qué quiere decir “farándula” para ellos, y el recurso retórico es evidente.
2) Se juzga que las denuncias son disparatadas. ¿Quiénes son ellos para confrontarlas y decir eso? Eso lo dirá el juicio de la fiscalía -esperamos. Lo grave es que están incurriendo en el mismo vicio del que acusan a RCN, en sacar a la publicidad informaciones y contenidos que no están respaldados.
3) Hay intereses comerciales. ¿Qué importa? Es más, es obvio. La principal empresa que tiene intereses comerciales ahí es RCN, que debió haber vendido la pauta de esa media hora a precios astronómicos. De hecho las empresas que compraron la pauta también tienen intereses comerciales en ese testimonio. El caso es que estamos frente a otra cortina de humo retórica, frente a otro dardo venenoso y poco atinado que creo que es fruto de la ardidez del que pierde su ponqué.
4) No hay una inspiración ética: Otra vez, el diario se cree dueño de la conciencia del periodismo nacional. ¿Qué saben ellos?

Lo cierto es que la señora Vallejo se fue lanza en ristre conta El Tiempo, y que el diario perdió la chiva o que al menos no la tuvo. Lo que también es cierto es que la entrevista estuvo mal hecha y que no es confiable. Es por eso que el juego de niños del que somos testigos se me parece un poco al viejo cuento de la cartilla Coquito con la que aprendí a leer, donde el burro Santos le dice al cerdo García orejón para insultarlo, y éste le responde acusándolo de sucio y panzón.

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