Primer día

Los Arctic Monkeys han sonado cuatro, cinco veces. Yo todavía intento volverme a acostumbrar, cojo esas fotocopias que desde esta mañana coquetean con mi mochila e intento terminarlas de una vez por todas, mientras el gamepad de mi PC me tienta a jugar uno o dos partiditos y el muñequito rojo de messenger grita en silencio para que lo vuelva verde otra vez. En un acto de torpe valentía, enciendo un cigarro y empiezo. Mientras tanto pasan por mi cabeza las imágenes del día, el primer día de clases. Los abrazos esperados de bienvenida, pero sobre todo el sorpresivo. Las expectativas de siempre, y el mal momento de aquella niña que quiero tanto (sólo espero que lo puedas llevar). El gyro -léase emparedado griego- del almuerzo, el cereal de la cena y la charla sorpresivamente banal en el bus. La supuesta gripa de mi hermano, las preocupaciones de mi mamá que no deja de gastar llamadas internacionales para que le solucione cierto asunto y el café que aún no se por qué no me tomé. La miradera de esta vieja que perdió mi cariño por estúpida y que hace rato no veía, y los ojos verdes de la primípara… Pero mierda, tengo que leer…

Blanqueo mi mente con lo que queda del cigarro y empiezo. Termino y trato de hacer un resumen mental. Lo logro. Al fin y al cabo se descansó en los ecuadores, para qué. Ojalá el mesesito haya servido para volver con éxito a las viejas buenas costumbres: quemarse las cejas, fumar demasiado y no tener días aburridos.

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