Me despido

¿Y a mí qué me importa? Sumercé ya se organizó, ya dejó la maricada y la miradera, y ahora es una chica felizmente cuadrada. Yo aquí sigo escribiéndole a la leche derramada, pero créame que lo hago precisamente porque no me importa: si me importara, me tragaría estas palabras y me indigestaría con ellas en lo más profundo de mi cama mientras usted se indigesta de su novio en lo más profundo de la suya. Pero no, para que vea, puedo vivir feliz sin usted. De hecho más feliz que antes, porque ahora sus ojos no me martirizan y puedo verla por debajo del pedestal, sin la escarcha y sin la coronita: una mortal más.

Entérese que he conocido el mundo detrás de sus mechas, que he visto otros lugares y que por ratos me ha gustado lo que he visto. Entérese además que por su cuenta mi corazón es ahora un poco más duro, que mis ojos brillan un poco menos y que soy un poco menos crédulo. Entérese, finalmente, que hay vida después de usted, y que con cada cosa que vivimos nos hacemos un poco menos mozos y más resabidos.

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