Paranoia

Desde hoy, y cada vez que se me antoje, voy a poner aquí una pequeña historia pendeja y mal escrita. Va a estar por capítulos. No es nada especial, sólo que quiero escribir algo un poco tonto para ver qué pasa.

I
Estaba un buen hombre, digamos que Juan Pérez, sentado con su hijo, digamos que Miguelito. Veían la tele. Eran como las siete y treinta de la noche, hacía media hora que Juan llegó de su oficina. Se acariciaba la barbilla, sintiendo las pequeñas pullas de las que mañana temprano habría de encargarse la rasuradora. Su corbata café estaba desabrochada y tenía puestas sus zapatillas de peluche; hacía frío esa noche. Tenía en sus piernas un plato con un huevo y una arepa; en el piso un vaso con limonada.

Había un pequeño malestar en su mirada, no había podido sacar este año la semanita de todos los diciembres para irse a Melgar con la mujer y el niño. Esperaba que eso significara que lo iban a ascender pronto, cosa que agradecería porque después de cuatro años la misma oficina y el mismo sueldo se vuelven terriblemente aburridores. Lo único que quería era descansar un rato, cenar viendo la tele y echarse a dormir. La mitad de la oficina estaba en vacaciones y eso significaba doble trabajo para los que se quedaron.

Su hijo tenía otros planes. Había pasado un día tremendamente aburrido en la casa, todos sus amiguitos estaban fuera de la ciudad. Su mamá lo había regañado un par de veces por abrir los cajones de su mesa de noche; esos en los que en otra época había condones y vaselina. Ahora sólo hay papeles y un par de cajitas de terciopelo con sendos anillos baratos en ellas. El encierro y el computador dañado eran demasiado aburrimiento para sus siete años, su madre estaba recostada gracias a su usual dolor de cabeza y el niño no tenía intenciones de callarse.

-¿Papá, por qué en la calle no hay mujeres como las de la tele?
-Por que ellas están ennoviadas con unos tipos que se llaman traquetos, hijo.
-Mmm… Y, ¿qué es un traqueto?.
-Pues, cómo te explico… Un traqueto es un señor que anda en camioneta y tiene joyas. Tiene mucha plata pero no es bien habida. A ellos les gustan las señoritas como las de la tele.
-Ah, las de las tetas de silicona, ¿cierto?-, dice el niño soltando una risa tímida.
-¿Tú por qué sabes eso, Miguelito?
-Por que mi mamá le dice a cada rato a la vecina que se quiere poner tetas de silicona pero que tú no se las vas a pagar nunca.

Juan arruga el ceño y se queda pensando. La factura del celular de su mujer llegó muy cara el mes pasado, además había unos números rarísimos. Hace rato que se quejaba de dolor de cabeza todas las noches y ya no se arreglaba como antes. Le compró el perfume que quería sacrificando las boletas de fútbol de un mes, pero él no lo ha olido todavía en su cuello o en sus cobijas. Sin embargo el frasco sigue bajando cada vez que lo mira.

-¿Y qué más le dice tu mamá a la vecina, Miguelito?
-Uf, muchas cosas.
-¿Como cuáles?
-Esta mañana le estaba diciendo que… espérame, ¿qué era?, ¡ya! Que lástima que en Navidad quitaran las novelas.
-Ajá. ¿Le ha dicho algo de otro hombre?
-No me acuerdo. Pero papi, cuéntame más de los traquetos. ¿Por qué tienen armas?

Juan sabía que su hijo había heredado lo que el creía que era su suspicacia. El oficinista suele decirle a sus amigos que en su casa y en su mundo no pasa nada sin que él se de cuenta. Pero por esa misma razón, nunca podía estar tranquilo; siempre estaba atormentado por algo.

Además no le había servido de mucho. Juan miraba con cierta envidia a todos los que empezaron con él y na no están como él: al vecino que le aprobaron el préstamo para comprar un apartamento en el norte, a su excolega que de un momento a otro se consiguió un puesto en Costa Rica y está ganando en dólares, a su amigo del colegio que tiene una mujer como sacada de un calendario de taller de mecánica, a los papás de los niños que no perdían materias del curso de Miguelito, a las mamás de esos niños a las que llamaban del trabajo a las reuniones de padres y llegaban en autos casi nuevos.

Él se sentía estancado. Hace años lo ilusionaba la idea del gran futuro que le esperaba cuando saliera de la universidad. Se veía con una mujer hermosa en una casa grande, con un camioneta grande y reluciente y con un televisor gigante. Pero la vida no ocurre como uno desea. Se consiguió un trabajo de tres mínimos y se fue a vivir a un apartamento de soltero cerca de su universidad. Se enamoró de la hermana de un colega en un paseo de la empresa. Después de un año largo se casaron, dos meses luego de conseguir puesto en su actual empresa. Eran épocas optimistas, de corbata orgullosa y pecho inflado. Se la llevó a Cuba a pasar la luna de miel.

De Cuba llegaron tres cuando sólo debían llegar dos. Y ella no sabía hacer nada de nada, era la niña consentida de su casa. Había intentado estudiar dos carreras en la Universidad, pero se había rendido en el segundo semestre de cada una de ellas. A veces ayudaba a su madre en un negocito de empanadas que tenía, pero como en el resto de su vida, se cansaba rápido. No era una mujer especial ni física ni interiormente, era la víctima perfecta de Juan. Una mujer promedio que no intentara opacarlo.

Los primeros tres años no fueron malos. Se fueron a vivir a ese apartamento y a Juan lo ascendían una vez al año. Todo el dinero que ahorraban se lo gastaban viajando. Estuvieron en Panamá, Estados Unidos y Brasil. Miguelito crecía. Pero luego hubo un año en el que no ascendieron a Juan, y luego otro, y luego otros dos. La vida se volvía monótona y la plata empezaba a ser apenas la justa para sobrevivir. El sueldo subía menos que el mercado.

-Tú no perdonas una, ¿no?. Es que si tuviera que negarte no podría, Miguelito -le dijo su padre mientras le daba una palmada en la espalda. -Los traquetos tienen armas para que las viejas de las tetas siliconadas no les pongan los cachos.
-¿Y qué es poner los cachos?
-Es cuando la vieja le pide el favor a la vecina bruja que te cuide mientras ella sale peinadita y oliendo a perfume y llega despeinada y oliendo a jabón.
-Entonces mi mamá pone los cachos.

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