El gran trancón

Definitivamente los bogotanos no saben lo que quieren. En las épocas de Peñalosa la gente era encantada en los días sin carro. Las señoras sacaban los perros de la cartera y le pedían al paseador que se tomara el día libre, que no se preocupara que igual se le iba a pagar el mes completo. Salían orondas, ataviadas al mejor estilo health-club sacaban a los perros mientras desfilaban por las calles con sus gafas oscuras y sus tenis de marca. Sus maridos, progresistas ellos, se vanagloriaban de que al fin íbamos a tener una ciudad con transporte masivo, una ciudad moderna, limpia y bonita. Una ciudad de la cual no avergonzarse.

Cinco años después, esas señoras ya no salen sino en su carro -debe ser por eso que les están saliendo llantas y bananos. Además, los perritos ya no salen de las carteras de sus damas. Todo por culpa de Lucho, porque el tráfico está terrible, porque los sindicalistas no saben gobernar, porque a Julito no le gusta Lucho y palabra de Julio es palabra de Dios, porque le ganó a su “buen amigo Juan Lozano”, porque sí y porque no. Los señores ya están deseando que Pacho Santos se lance a la alcaldía para ver si “en Bogotá empezamos a hacer las cosas bien, como en el resto de este país”, mientras ven cómo compran un carro para sus hijos y llenan su garaje de autos, uno para cada miembro de la familia.

¡Sorpresa! Lucho está emulando lo único que hizo bien Peñalosa en todo su mandato: desestimular el uso del automóvil particular. El problema es que, según parece, a él no le hacen caso mientras que a su contraparte lo escuchan con los oídos abiertos. Pero cada cual tiene derecho a oír lo que le venga en gana –o a escoger al que le dice a quién pararle bolas- y por ende todo el mundo puede hacerse el sordo o el ciego, o las dos cosas si bien quiere.

El año pasado (2006) fue testigo de la entrada de aproximadamente 190.000 autos nuevos a las calles colombianas, de los cuales una gran cantidad -me atrevería a decir que no menos de 50.000, aunque agradecería una cifra respaldada- han sido comprados y utilizados en Bogotá. Como quien dice, nos ganamos 50 trancones nuevos.

¿Y quienes compran carro? Los que lo pueden pagar. Los que no pueden darse el lujo de guardar el carro dos veces a la semana porque no conciben su vida montando en transporte publico. Los que, con esa actitud absolutamente anticívica, están dañando con el culo lo que su héroe de la política local intentó hacer con las manos.

Hay algo que no queda claro aquí; creo que los furiosos detractores de Lucho nos deben una explicación al resto de los ciudadanos. ¿Cuál es el problema con la guerra al transporte privado? ¿Les molesta mucho que un alcalde tenga el descaro de pensar en el resto de nosotros, los que andamos en bus o en Transmilenio? Por favor, explíquennos que no entendemos.

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