El dilema del 4 de febrero

Por cuenta de la glotonería política de unos cuantos que no pueden evitar sacarle el jugo a cuanta oportunidad se les presenta, y por cuenta de la inocencia de otros que no fueron capaces de impedir con vehemencia que les chuparan la sangre, la marcha de hoy se convirtió en una especie de zona gris. El dilema no es falso, como algunos arguyen con el deseo. En efecto, se nos ha puesto en una situación en la que o no rechazamos a las FARC o apoyamos a Uribe.

Ese dilema no es falso porque, desde el principio, la idea de la marcha es una resonancia del discurso oficial. “No más FARC” quiere decir simplemente eso, que las FARC no deberían existir. Ni como grupo armado ni como fuerza política, ni en la ilegalidad ni en la civilidad. Marchar por esa causa implica marchar a favor de una rendición militar y un sometimiento político, cosa no solo ilusa sino nociva para la democracia: dentro de la civilidad, todos tenemos derecho a defender nuestras causas políticas —duélale a quien le duela.

Ahora bien, el sector político nacional que siempre ha defendido esa tesis ‘antifariana’ es el uribismo. De hecho, esa es la tesis que lo llevó al poder: después del Caguán, esta demostrado que las FARC no son sino una manada de bandidos facinerosos y sanguinarios, por lo que hay que acabarlos sin pensarlo tanto y sin ninguna consideración. Eso puede ser lastimosamente cierto, hay que decirlo. Pero hasta la legitimidad de un derramamiento de sangre tiene fronteras éticas. Aprovecharla para despotricar de quienes defienden ideas desde la civilidad es incorrecto y sucio. Es como si lo ilegítimo estuviera en las ideas y no en la violencia con la que se intenta imponerlas. Es como si la vergüenza de las FARC fuera su supuesto ideario político y no su terrorismo.

Si recordamos a los 5.000 civiles de la UP, asesinados por parte de la misma derecha que hoy apoya esta marcha, la simple y supuestamente admirable idea que puso a andar esta manifestación toma tintes macabros. Nada nos garantiza que no estemos marchando a favor de una consigna de limpieza social, o que no le estemos haciendo el juego a la más rancia y maquiavélica derecha de este país. Esto, claro está, sin olvidar que estamos marchando a favor de una tesis del gobierno de Uribe. Ahí no hay ambigüedad que valga.

Sin embargo, creo que sí es necesario que la gente de a pie sea agresiva con las FARC y demuestre su indignación por el uso de la crueldad como arma política. Tal vez una consigna menos abigarrada hubiera sido menos cuestionable, pero en todo caso estoy convencido de que, sea marchando o no, hay que expresar ese rechazo. Por eso decidí no marchar en la marcha “oficial” (ni en la del Polo, que esta vez no estuvo a la altura de sus militantes) sino ir a la guerra de almohadas.

Después de tanto pelear en los foros de Facebook tengo las tripas revueltas y una desconfianza de huérfano recién egresado del orfanato. Se que a nadie le va a importar que unos chinos bien de Bogotá se den en la jeta con almohadas en un parque que no conoce casi nadie, pero no me importa. El ejercicio simbólico —muy mockusiano— me parece valioso: si tiene piedra, coja una almohada y no un fusil. Yo tengo piedra, tanto con las FARC como con el gran engaño de una marcha “no-política”.

Y cuando pase la marcha de Mockus, me uniré. Es una forma de romper con el dilema, ¿no? Sea como sea, al menos marcharé al lado de alguien en quien confío y no al lado de alguien que me produce asco.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: