Bolsa en la cabeza

El ruido que se escapa de sus audífonos suena como una sucesión de martillazos hechos por un albañil inexperto y desesperado clavando una tachuela. I am an anarchist, I am an antichrist. Ahora él es el que parece clavando una tachuela con su cabeza, que se mueve a golpes hacia delante y hacia atrás. Entre dientes, tararea la melodía. Él quiere ser un anarquista, él quiere ser un anticristo. Escupe.

Cuando se convirtió en un anarquista de aspiraciones demoníacas apenas sabía que la letra a mayúscula rodeada por un círculo significaba anarquía. Él sólo veía a sus amigos rayando los teléfonos públicos y asustando abuelitas en la calle. Decidió, un buen día, ser como ellos, compró unos taches de metal y se los puso a una chaqueta. Le gustaba la música que escuchaban, era escandalosa y ruda, no era cortés y frígida como la música de ascensor que tanto detestaba y que su mamá nunca quitaba en el equipo de su casa. Así que tomó el dinero de su padre y compró unos buenos discos en el centro.

Luego vinieron los pantalones entubados y los zapatos roídos. Cuando le creció el pelo, se rapó las sienes. Ese viernes, sacó el jabón de lavar la ropa del patio y lo usó como fijador para hacerse una cresta. En la noche se fumó medio bareto debajo de un caño y se fue a pasar la traba en su cama caliente, con la cabeza recostada en su almohada de plumas. Luego lo haría todos los viernes, más adelante todos los días. Primero medio bareto, después uno entero, después unas líneas de perico. Alcanzó incluso a fumar un poco de heroína, que se consumió en un chispero maloliente al interior de un pedazo de papel de aluminio. No le gustó.

Sentía rabia. Ya no se veía inofensivo y cachetón; ahora era amenazante. Su piel se adelgazó, sus facciones se afilaron y empezó a tener ojeras. Su mirada perdió la inocencia, sus ojos parecían estar explotando lentamente, gritaban desprecio. A su paso las señoras se prendían de su cartera con más fuerza y los niños dejaban de caminar para esconderse detrás de las piernas de sus padres. Ya nadie le negaba una moneda, al contrario de cuando parecía un niño disfrazado en día de brujas. Ahora el disfraz era el uniforme del colegio. Ya era un anarquista. Ya era casi un anticristo.

Un día se levantó en un cuarto de hotel al lado de la playa. Se miró al espejo. Pensó que se veía ridículo con la cresta aplastada y pantaloneta de baño. Creyó parecer un vendedor de pescado maloliente. Luego pensó que más bien parecía el mandadero de un traqueto de medio pelo, porque un vendedor de pescado no mira con odio. El mandadero, en cambio, odia sin razones. No duerme, vive a costa de la vida de otros. Sabe que la muerte no se preocupa por esconderse, que en cualquier momento le dará un par de palmadas en el hombro y se lo llevará a plomo. Sabe que no tiene futuro, que no hay futuro.

De repente sintió asco de sí mismo, de los huecos horrendos en los que se drogaba debajo de los caños y de esa cresta que parecía una bolsa de basura que el mar llevó hasta su cabeza. La rabia volvió a sus ojos —se había ido por un momento mientras pensaba—, pero no era la misma de siempre. Ya no era desafiante, ahora era dolorosa. Tenía el ardor de la culpa y la vergüenza de la estupidez. El reflejo de sus ojos en el espejo lo incriminaba, le restregaba su infinita ceguera, lo quemaba como el primer rayo de luz después de una larga noche. Él sí tenía futuro, siempre lo había tenido.

Cuando regresó a la ciudad se puso los zapatos que su mamá le había regalado en navidad.

Publicado en la revista Hoja Blanca # 4. Marzo 2008.
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