Pielrojas de mentiras

En Bogotá hay más Pielrojas que en Estados Unidos. Nadie sabe como llegaron, ni cómo aprendieron el idioma. No hay, tampoco, sospechoso alguno del crimen de impulsarlos a grabar esa espantosa fusión de música ‘andina’ con ruidos de sala de espera de odontólogo. Como si no tuviéramos suficiente con Melodía Estereo y sus perversas versiones asépticas de lo que solían ser canciones decentes, preludio espantoso del encuentro con la fresa y el taladro.

Pero aquí los tenemos, en cada esquina del centro de Bogotá. Viven de cada incauto que, admirado por sus plumas pintadas con vinilo de preescolar, les compra un disco creyendo hacer un acto humanitario o expandir un poco —sólo un poco— sus horizontes. Mercaderes de poca monta, viven de las monedas que les deja su ubicuo espectáculo de circo. Estoy por pensar que algún visionario se dio cuenta de lo cortos de miras que son los bogotanos y se puso a reclutar a cualquiera que tuviera rasgos indígenas, le ofreció un pequeño curso de playback y le asignó una esquina de la séptima. Debe haber, detrás de alguna puerta oxidada de la Caracas, un aviso publicitario impreso en una hoja amarillenta: “Haga dinero haciéndose el Pielroja”. Y, subiendo por un sinfín de escaleras estrechas, tres o cuatro varados tomando clases de maquillaje por un señor de acento pastuso y piel aceituna.

Pero bueno, eso es lo que pasa cuando la gente no lee nada: asocia plumas con arte y música de ascensor con cultura.

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