De cómo vivió (y murió) un conejo travieso

Obra derivada (CC) Marcelo Acosta

[tweetmeme source=”noalsilencio” http://elrestodecorcho.wordpress.com%5D Escribí este relato para un taller de escritura que realicé y que dirigió Alberto Salcedo Ramos. Contó con su certera edición, cosa que aprovecho para agradecerle. Fue publicado en 2008 por una editorial mexicana que ya no existe y ahora lo transcribo acá para ustedes.

Mi hermano y yo queríamos que nuestro conejo se convirtiera en un artista de circo. Por eso lo entrenábamos todas las tardes; teníamos la esperanza de que aprendiera a dar volteretas, a hacer giros mortales y a caminar en la cuerda floja. Yo lo imaginaba subido en un pedestal de colores, iluminado por dos reflectores y anunciado por un locutor con un sombrero enorme: “Señoras y señores, niños y niñas. ¡Reciban con un gran aplauso a Pochín, el conejito increíble!”. Mientras actuaba, los niños del público dejaban caer las crispetas de sus manos y no parpadeaban; le regalaban toda su atención a ese copo de algodón con patas que se aprestaba a dar un salto triple mortal y aterrizar en una cuerda floja.

Nos llegó como regalo en mi séptima fiesta de cumpleaños. Lo primero que hicimos después de recibirlo fue picarle una zanahoria en cuadros, pero la despreció como un niño caprichoso. Mi conejo nunca comería zanahoria; la ‘tele’ me había engañado. Aprendí entonces por qué le dicen la caja boba. Dejé de guardar el queso en la parte de arriba de la nevera para evitar que se lo comiera un ratón anaranjado con corbatín rojo; no volví a pedirle al Niño Dios —quien más adelante también me desilusionaría— que me regalara unas gafas marca ACME para ver marcianos. Es por eso que por esa época, siempre que veía algo en la televisión gritaba que era mentira: cuando la niña con vestido de baño se tomaba su Coca-Cola de un sorbo, por poner un solo ejemplo, yo decía que no era posible que lo hiciera sin eructar. Aún lo hago a veces.

Pochín tenía el pelo blanco, suave y caliente. Podía durar horas acariciando su lomo con mis manos, casi mascándolo, como si fuera un chicle de peluche. Sus ojos eran chicos, parecían dos pequeñas canicas de color sangre. Era muy tímido al principio, sólo daba pequeñas vueltas alrededor del balcón donde estaba la caja de cartón que le servía de hogar. Se acercaba a la ventana y asomaba sus dientes cuando tenía hambre; se volvía a esconder apenas se percataba de que le habíamos comprendido. Le daba miedo el mundo que se desplegaba detrás de ese umbral de vidrio.

Sin embargo, un día empezó a explorarlo con pasitos cortos, tanteándolo con una timidez sobrecogedora. Pero pronto ganó confianza. Empezó a esconderse debajo de la lavadora y a saltar del anaquel mas bajo de la biblioteca, aquel en el que estaban mis primeros libros. Luego llegó al último piso de esa repisa, a ese lugar inalcanzable y amenazante donde reposaban los tratados de medicina que mi mamá no abría desde la universidad. Estuvo un rato, saltó y cayó como si nada.

Ese día, Pochín había superado por mí uno de mis miedos. Nunca antes había sido capaz de subirme a ese anaquel. Me aterraba la posibilidad de que la silla se partiera por el peso de uno de esos libros gigantes; o de que un espanto de este mundo o de otro saliera de algún rincón polvoriento y oscuro. Pensé que si él había salido ileso y orondo de ese lugar yo debería poder llegar. Arrimé una silla y me subí; bajé un libro de Patología y me puse a leerlo. Me gustaba imaginar las ronchas verdes y los vómitos sanguinolentos que aparecían en las descripciones de las enfermedades. Cuando acabé el de Patología, esperé a que Pochín volviera a subir para empezar con el de Fisiología. Yo lo acompañaba cada vez que iba hasta cuando, en un arranque de indiscreción, Pochín se meó al lado de la portada del libro más gordo de todos. Me asusté y perdí el equilibrio. Terminé con un porrazo en la cabeza y un mes de castigo sin televisión. Desde ese día no volví; el conejo me salvó de estudiar medicina.

Ese no fue el único disgusto que mi madre se llevó por su cuenta. Un día, el jefe de mi papá venía a almorzar y ella salió a comprar tres docenas de rosas blancas para ponerlas en un jarrón. Llegó con las flores, las puso encima del comedor y entró a la cocina a ultimar los detalles de la comida, a revisar que las papas hubieran quedado bien hervidas y que la salsa estuviera en su punto. Cuando regresó a poner las flores, sólo quedaban los tallos. Pochín se acababa de devorar el último pétalo.

Desde ese día el conejo rechazó el concentrado que solía comer. Se volvió de paladar exquisito, sólo recibía pétalos de flores. Al principio, recién llegados del colegio, salíamos al parque a buscar comida para Pochín. Eso fue hasta que la junta de vecinos hizo llegar una carta a mi casa, en la que en dos páginas de regaños y eufemismos nos pedían “amablemente” el favor de que dejáramos de robarnos las flores. Mi mamá se compadeció y fue a comprar rosas, cosa que hizo por el resto de la vida del conejo. Él, por su parte, le devolvió la atención controlando su incontinencia urinaria —que ya había hecho estragos, además de en la biblioteca, en la despensa y en el sofá más grande de la sala.

A medida que pasaba el tiempo, se hacía cada vez más evidente la necesidad de que Pochín encontrara algo que hacer. Sus pilatunas ya le habían costado a mi mamá una porcelana muy vieja y una nueva carta de la cofradía de brujas de la junta aquella, en la que iban a tomar “medidas drásticas con el espécimen” si seguía metiéndose, como había aprendido a hacerlo, a revolcar los papeles de la administración. Entonces a mi hermano se le ocurrió enseñarle a hacer saltos mortales. Lo llevamos a mi habitación y encima de la cama empezamos a entrenarlo, haciéndolo girar mientras lo lanzábamos al aire. Cayó parado en sus dos patas traseras.

Con el tiempo aprendimos a hacerlo saltar. Era cuestión de poner un pétalo de rosa a medio metro de altura para que Pochín se impulsara en sus patas traseras y lo agarrara. El truco para que caminara por donde nosotros quisiéramos se parecía bastante, consistía en trazar el recorrido con pétalos que el conejillo devoraba. Cuando intentamos hacerlo correr detrás de uno de ellos, se dio cuenta de que era un truco —o eso creímos— y se quedó revolcándose sobre su lomo, como rascándose. Cuando lo levanté para ver qué le pasaba, tenía una cicatriz del tamaño de una pelota de ping-pong detrás de la nuca.

Me paralicé y lo dejé caer. Sentí que el mundo de repente se acercaba y se alejaba. Todo se estaba moviendo, el suelo estaba bailando un mambo. Mi cabeza se llenó de aire y el sonido del televisor se hizo más lento y más grave. Oí la voz de mi hermano llamando a mi mamá, primero débil y dormida pero luego aguda, como era siempre. Él terminó de gritar y yo volví en mí mismo. Mi mamá venía, con un rollo de papel higiénico y otro de cariño, a secarnos las lágrimas. A él le salieron primero, yo no aguanté verlo llorar.

Sólo recuerdo haber sentido algo similar cuando me avisaron que había perdido matemáticas en tercero de primaria. El conejito, lo acababa de entender, ya no iba a ser lo que era antes. La cantidad y temeridad de sus travesuras iba a disminuir. La intensidad de su curso de circo también lo haría: un día no cayó en sus patas traseras, sino de lado. Desde ese momento nos dio lástima ponerlo a dar unas vueltas que ya no disfrutaba. Tampoco subió nuevamente al último piso de la biblioteca, ni volvió a revolverle los papeles a la vieja agria de la administración. Empezó a morirse y terminó de hacerlo en poco tiempo.

Mi mamá me despertó con la noticia. Una lágrima, que estaba guardada desde el día que descubrí la cicatriz, finalmente salió. Se había resistido a ver la luz porque tenía la esperanza de no tener que salir nunca, pero finalmente claudicó esa mañana de abril.

Lo enterramos al lado de la oficina de la administración. La señora, recién llegada a su despacho y con la peluca desacomodada —eso creí ver—, nos preguntó si se había muerto el conejo. No le dijimos nada y soltó un gemido amargo, —como todo en ella— levantó la mirada y abrió su despacho. En venganza, cortamos todas las flores del jardín, las deshojamos y las pusimos en la caja de zapatos que fungía como ataúd. Si Pochín no iba a ser artista de circo, al menos debía ir bien adornado al cielo.

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Comments
4 Responses to “De cómo vivió (y murió) un conejo travieso”
  1. gancanagh dice:

    Qué ternurita<3
    Se ntoa el tono infantil en toda la historia. La amé

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  1. […] This post was mentioned on Twitter by Jose L. Peñarredonda and Jose L. Peñarredonda, Jose L. Peñarredonda. Jose L. Peñarredonda said: En 'El resto del corcho', una pequeña historia sobre la muerte http://wp.me/pWZar-bn […]



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