Quiero reconciliarme con la Navidad

Obra derivada (CC) Cayusa

[tweetmeme source=”noalsilencio” http://elrestodecorcho.wordpress.com%5D En este momento, a casi un kilómetro de mi casa, alguien está haciendo un espectáculo de juegos pirotécnicos. Seguro es una empresa o algo así, alguien que tiene los recursos para celebrar que llegó el siete de diciembre, día de velitas. Quizá ese alguien debe estar contento porque hoy no llovió. Si hubiera llovido a lo mejor el show tendría que haberse cancelado.

De hecho, hace dos días que no llueve en Bogotá. Un respiro necesario; una oportuna tregua –dirían quienes creen en causalidades raras– en este invierno impiadoso. Levantarse es más difícil si el día está oscuro. Lavar la ropa es más dificultoso cuando esta está embarrada. Y la soltería es más dificil para quienes tienen frío en los pies.

Para otros, el problema no es despertarse, lavar la ropa ni calentar los pies. Por ejemplo, hoy se anunció que 76 personas de un barrio de Ciudad Bolívar van a ser reubicadas. Son protagonistas de una historia que, pese a ser tan común, no deja de ser frecuente: Una familia llega del campo a la ladera de una montaña, empieza a ‘rebuscársela’ y construye su casa retazo por retazo. En pocos años, esa familia se llena de vecinos y la ladera se convierte en una especie de barrio. El suelo del barrio se debilita, llegan las autoridades y le ponen la odiosa etiqueta de ‘zona de alto riesgo’. Para algunos, cualquier solución oficial es ineficaz para remediar la pérdida del esfuerzo de toda la vida. Ellos se quedan y, a veces, se los traga la montaña.

Me pregunto si alguna de esas 76 familias prendió velitas hoy. Me gustaría creer que sí. También me gustaría creer que pudieron ver alguno de los espectáculos de fuegos artificiales que abundaron esta noche en la ciudad. Me gustaría creerlo porque, quizá, de esa manera recuperaron algo así como una esperanza. Lo suficiente como para no dejarse morir.

Permítanme ser cursi: me imagino a una madre y a dos niños, tomados de la mano en la puerta de su casa, con los pies embarrados y metidos en el fango hasta los tobillos. Todos tienen la mirada fija en el cielo y piensan en el niño Dios mientras ven las luces. Los niños piensan en juguetes, la madre piensa en dinero. Hace frío y, quizá, hambre. Los niños están en vacaciones y a su madre le toca dejarlos en casa mientras sale a trabajar. Pero todos sonríen.

Por eso quiero reconciliarme con la Navidad. Me gustaría volver a sentir esa alegría que debe ser irracional para ser completa. Extraño tener esperanzas fundadas en cuentos de hadas.

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