Perfil mínimo de un maestro

I

Una pequeña nube de personas gravitaba en torno a él y lo llenaba de palabras elogiosas. Cada una de ellas, cómo no, era honesta y merecida. Ocurría mientras decenas de personas salíamos de un salón que se quedó estrecho, al que fuimos convocados para atestiguar y celebrar el triunfo de un amigo. No solo se trataba de la charla de un maestro del periodismo narrativo –que lo es–, quien –con toda la autoridad– lanzó uno que otro consejo para el puñado de aspirantes a cronistas que lo escuchábamos. Tampoco era un recorrido por sus aventuras a la hora de la reportería –que también las ha vivido y hay que oir cómo las cuenta–. Se trataba de la celebración de la gloria del más grande entre nosotros; con la excusa del lanzamiento de una colección de los textos que lo han puesto en ese pedestal.

Pero sus afanes están en otro lado. En medio del coro de elogios, movía la cabeza por todos lados y aprovechaba su corpulencia para hacerse a un hueco para husmear. “¡Camilo! ¡Camilo!”, gritaba, mientras buscaba a alguien con la vista. Al rato, apareció Camilo. Alberto le zampó su abrazo; cerró sus ojos y puso su frente sobre el hombro de su amigo. Solo entonces recuperó la tranquilidad.

Camilo es Camilo Rozo, el fotógrafo que lo acompañó en sus romerías en busca de insumos para las crónicas. Alberto dice tener una deuda de gratitud con él. “Siempre se preocupó por tomar muchas más fotos de las que él necesitaba, solo para facilitarme la labor de recrear las atmósferas en la fase de la escritura”, escribió en los agradecimientos de La eterna parranda, el libro que estaba siendo presentado. No podía reclamar sus propios honores sin reconocer los ajenos.

II

Alberto lleva un buen rato sentado en una silla alta. Está en la esquina de un stand que está lleno de libros, pero que no tiene ni una butaca para sentarse a leerlos. Detrás de él, una pared publicitaria en la que, por la buena suerte de llamarse Alberto y no Zenón, su nombre está en primer lugar y no en el último.

La fila es de al menos unas cincuenta personas. Casi todos amigos de él, muchos de ellos ex alumnos suyos. Con toda seguridad, todos los que aguardábamos por nuestro autógrafo habíamos leído al menos una de las historias que fueron incluidas en el libro. En sus clases él les pide a sus alumnos que lo hagan, casi siempre con el objetivo de alumbrar un poco algún aspecto del oficio del cronista. Difícil hallar una tarea de clase más placentera.

La rutina de la firma de autógrafos siempre es la misma. Alberto escribe el nombre del destinatario de la dedicatoria y, por un par de segundos, deja el bolígrafo quieto sobre el papel. Luego le escribe algo a esa persona y solo a ella. Así por más o menos media centena de veces. Ni una mueca de esfuerzo, ni un asomo de incomodidad. Y eso que, ya les contaré, me consta que no tiene cara de jugador de poker.

Mi curiosidad le ganó a mi discreción:
–¿Cómo haces para ponerle una dedicatoria distinta a cada uno de los que vienen?
–A todos los conozco, y sé qué decirle a cada uno. (La mía la pueden ver en la foto que acompaña esta entrada; pero mi sonrojo ni siquiera se lo pueden imaginar)
–¿Y si no conoces al ‘cliente’?
–Ahí sí normal, le pongo una ‘vaina’ genérica.

Yo no le creí. Habría que ver qué le escribiría a una morena con ojos azul profundo, pelo negro azabache y “cuerpo espléndido”, como le gusta decir. Apuesto a que releva al piloto automático del control de la aeronave.

III

Ya fuera del salón de clase, mientras Alberto tenía la gentileza de llevarme a mi casa después del taller que dictaba en una librería y que yo tomaba, el hombre se quitaba la capa de maestro y era un paisano más, con las tribulaciones de cualquier hijo de vecino. Hablábamos de todo un poco; o más bien él hablaba y yo escuchaba.  Sabía entender cómo la cadencia de su acento acompañaba a sus palabras y completaba el sentido de lo que me decía, pues viví en Barranquilla por unos años.

Así, mientras conversábamos en su automóvil, tuve indicios de su vida interior. Supe, por ejemplo, de lo mucho que le molestaba la dejadez de algunos de sus estudiantes. Yo le decía que ellos pagaban el taller y que su ‘vagancia’ era, a la larga, estupidez. Pero él no dejaba de sentirse comprometido de alguna manera. También se desahogaba conmigo de las nimiedades que le pasan a cualquier Pepito Pérez, las cuales –pese a su poca relevancia– era obvio que lo afectaban profundamente. Nunca me atreví a preguntarle qué tanto, pero no podía dejar de ver su cara de tristeza a través del espejo retrovisor.

En esas charlas me dí cuenta de que, lejos de tener vocación –y cara– de jugador de póker, Alberto es un hombre gobernado por sus emociones. La indignación, la sorpresa, el gusto y la melancolía compiten, como demonios mañosos y resabiados, por tomar las riendas de su mente. Y hay mucho de eso en sus crónicas, pese a que su prosa es medida y está hilada con precisión de orfebre. Alberto escribe con disciplina, pero hace reportería con apasionamiento. No es como esos reporteros con alma –u horarios– de burócrata, que se limitan a averiguar lo que deben saber para comenzar a escribir.  Alberto se deja llevar por lo que siente cuando la historia que quiere contar ocurre frente a sus ojos. Y, ya lo sabemos, sus instintos son poderosos.

Eso es lo que más me gusta de sus crónicas. Que combinan el poder de las historias con el rigor de la buena prosa. Nos revuelven las tripas, pero lo hacen de forma elegante y sin aspavientos formales. Pensándolo bien, no podía ser de otra manera: esa absoluta falta de aspavientos es lo que más destaca en un hombre que, si fuera arrogante, tendría bien ganada la licencia de serlo.

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Comments
6 Responses to “Perfil mínimo de un maestro”
  1. Laura Garzón Acosta dice:

    No es la baja estatura lo que impide ver lo que se escapa a nuestros ojos. Lo digo porque estaba allá. Qué buen tono. Enseñas mucho, siempre lo he creído así. Y que Alberto no diga que no nos gozamos sus historias hasta en un taxi en movimiento y a media luz con la esperanza de que el taxista, al igual que nosotros, disfrutara de un relato hermoso!
    Saludos.

  2. Me gusta el tono de la escritura, se lee rápido, pero no por trámite sino porque inspira saber rápido que sigue. Intenta con los cuentos. No he leido uno tuyo, debe ser porque pocas veces paso por acá (mea culpa).

    Es fácil dar con un buen profesor, es casi imposible encontrar un buen maestro. La razón es que encontrar un buen profesor, un buen profesional y un ser humano, es haber encontrado un maestro. Algo que parece te sucedió con Alberto Salcedo, un periodista de quilates.

    Afortunado tú, porque lo que aprendiste con él se puede leer aquí.

    Un abrazo fraterno.

  3. Me atrapa el tono personal que lleva el escrito, José. De otra forma, sería una semblanza que responda las 5 W en el primer párrafo como lo dictan los cánones del periodismo de consumo masivo. Y como lo venimos hablando hace unos días, lo suyo no es lo masivo sin alma sino el escrito que busca lo sutil y que, finalmente, toca a los mismos que pudieron haber encontrado la nota vacía, casi social. Pero los empapa, no solo los salpica.

    En post y cometario de chandaxi veo semblanzas de una misma persona que de alguna forma pretenden ser dos diferentes para cada uno de los autores. Esa es la vida, un protagonista lleno de matices, unos humanos que vemos una parte no más y, además, filtramos unos pocos para dejarlos en los recuerdos que nos interesa mantener a flote.

  4. chandaxi dice:

    Respecto a que “le molestaba la dejadez de algunos de sus estudiantes” posiblemente es porque bien le corresponden, pues el señor suele faltar a las clases, o máximo avisa por blackberry chat que ya no va, bien pasada la hora establecida… Y lo peor es que, tampoco recupera esas horas de clases perdidas sino que como aquí relatan, pone sus propias lecturas para que los estudiantes por su cuenta se adelanten en tiempo que deberían aprovechar en prácticas. Difícil distinguir entre el posible talento del señor, su verdadero profesionalismo o necesidad egocéntrica de figuración, la típica explotación lucrativa de las experiencias populares inventada por el tonto de la pelota de letras y pirry, y la línea adulatoria casi gay, del autor de este escrito. Saludos, @chandaxi

    • José Luis dice:

      Pues cada uno habla de cómo le fue en la fiesta. A mí me fue como dice en el ‘post’, a usted le ha ido mal y se ha encargado -junto con otras personas- de decirlo en cuando espacio ha encontrado, cosa a la que por supuesto tiene derecho. En el mismo sentido, respeto su opinión sobre el trabajo de Alberto y no la voy a controvertir, pues por una parte es claro que la mía es diferente, casi opuesta; y por otra parte usted no ofrece ningún argumento a favor de su posición. Saludos.

      • chandaxi dice:

        ¿Y para qué argumentos cuando los hechos son ciertos y contundentes? Finalizaría esperando que Ud. pueda evolucionar pronto en este caso de ‘pequeña y arriesgada semblanza’ a un ‘el alumno supera al maestro’ …Y con creces. Es aterradora la urgencia que tiene el periodismo colombiano de superar lo que hay, y empezar acabando por ejemplo, con el virreinato de las vacas sagradas del mercantilismo informativo.

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